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Murakami, H., Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Barcelona: Tusquets, 2011, 683 págs.

Título original: ねじまき鳥クロニクル Nejimaki-dori Kuronikuru (1994)

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Resulta paradójico cómo el ritmo con el que los objetos crecen a nuestro alrededor es inverso al tiempo que se consume en pensar en ellos. El universo de la Crónica es rico en situaciones inusuales,objetos y lugares fetiche. A juzgar por el simpático bingo de Murakami que alguien ha publicado en Internet, parece ser tónica habitual en el imaginario del autor.

Bingo Murakami

En la Crónica, las cosas expanden su influencia a territorios que en principio le son ajenos. Las personas se vuelven objetos. Tooru Okada lo experimenta varias veces, como cuando Nutmeg invade su intimidad y empieza a lamerle sin motivo aparente. Ante ese gesto invasor, Okada abandona su yo:

Intenté identificarme al máximo con la casa abandonada. Me veo convertido en una columna, en un techo, un suelo, un tejado, una ventana, una puerta, una piedra. Posiblemente eso fuera lo más consecuente. Cierro los ojos, me separo de mi persona física…, me separo del cuerpo calzado con las zapatillas de tenis sucias, con las extrañas gafas de natación puestas, con la inoportuna erección (418).

La identidad de Okada transita entre espacios paralelos a través de revelaciones (en la piscina municipal) o largas sesiones en el pozo, donde se abandona a sí mismo. En Murakami no es la voluntad la que crea mundos, sino la imaginación, cuyo uso hay que procurar controlar para que no se vaya de las manos. Los sueños de la imaginación pueden ser más peligrosos que los de la razón. Boris el carnicero se lo advirtió al teniente Mamiya durante su penosa estancia en la Unión Soviética:

Escúchame bien, teniente Mamiya. En este país sólo hay una manera de sobrevivir. Y es no imaginar nunca nada. Los rusos que usan su imaginación acaban hundiéndose. Yo, evidentemente, no la uso jamás. Mi trabajo consiste en hacer imaginar a los otros. Es mi medio de vida. Es mejor que lo tengas presente. Al menos mientras estés conmigo, si alguna vez te entran ganas de imaginar algo, recuerda mi cara. Y piensa: «Esto no es bueno, la imaginación me arruinará la vida». Te estoy dando un consejo de oro. Deja que imaginen los demás (632).

La imaginación crea imágenes, y las imágenes son siempre concretas. En el mundo de las imágenes el diablo está en los detalles y valen de poco las especulaciones. Es un terreno de intuiciones y sensaciones:

Ni que decir tiene que allí los detalles poseen un sentido, son fundamentales. ¿Cuál es la forma? ¿El color? ¿El tacto? Voy comprobando uno a uno los detalles. Entre uno y otro apenas hay relación. Incluso han perdido su calidez. Lo que ahora hago no es más que el recuento maquinal de los detalles. No es un mal procedimiento. No está mal. Poco a poco se va formando una realidad vinculada a los detalles (441).

No imaginar el aspecto del hombre sin rostro es lo que salva a Okada de su némesis en el mundo al otro lado del pozo. Al privarlo de imagen, Okada tiene la esperanza de regresar al mundo real, de no perderse en la fantasmagoría de la habitación 208. Los monstruos de la razón son abstractos, los de la imagen concretos, mucho más nítidos y próximos al sujeto:

«No debo pensar en nada», pensé. No tengo que imaginar. El teniente Mamiya me
lo había escrito en la carta. Imaginar aquí comportará mi muerte (657).

La imaginación también salva. Al final, mientras el agua vuelve a manar del pozo y amenaza con ahogarle, a Okada sólo le queda la posiblidad de imaginar, e imagina que May Kasahara está con él y habla con ella. Las caras de Kasahara desarrollan algunos de los enigmas del texto, aunque sin cerrar puertas. Se trata de cómo imaginar, si es que es posible encontrar métodos para hacerlo bien.

Al volver a la Crónica para escribir esta entrada me ha venido la imagen del Modelo rojo de Magritte, posiblemente por el resquicio de ambigüedad que se detecta en ese objeto-cuerpo híbrido, expuesto como modelo de incertidumbres. Sin duda, la Crónica es un texto de matices donde el problema de la identidad y de los múltiples yoes destaca sobre los demás, pero conviene no olvidar el contrapunto del mundo de los objetos, porque en la prosa de Murakami tienen  en ocasiones más voluntad que los individuos. Como muestra basta recordar la total indiferencia con la que el hogar de los Miyawaki despide a los que vivieron entre sus paredes:

La casa abandonada de los Miyawaki era distinta. No estaba «abatida». Tenía una expresión de indiferencia, como si dijera: «Yo no conozco a esos tal Miyawaki». Por lo menos, ésa fue mi intención. Era como un perro tonto, desagradecido. Sea como sea, la casa se transformó enseguida en una «casa abandonada autosuficiente» que nada tenía que ver con la felicidad de la familia Miyawaki. Pensé: «¡No es posible!». Porque la casa debió de pasárselo bomba con ellos, ¿no te parece? La limpiaban bien y, ante todo, había sido el señor Miyawaki mismo quien la había construido, ¿no te parece? Creo que uno no puede fiarse de una casa jamás (590).

Magritte, El modelo rojo (1935)

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