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Visión interior. Una investigación sobre el arte y el cerebro (1999) es una de las obras fundacionales de lo que hoy se conoce como neuroestética, una vertiente de la estética que gira en torno a la percepción de las imágenes, textos y otras creaciones prestando mucha atención a las aportaciones de la neurociencia. El libro ha sido editado en España por Antonio Machado libros y tiene una presentación impecable: la calidad de las imágenes que aparecen en el libro es inmejorable, y el resto del material está igual de cuidado.

En cuanto al contenido, el libro de Semir Zeki desarrolla la tesis según la cual «los artistas son neurólogos que estudian la organización de la parte visual del cerebro con técnicas que les son únicas y su obra, cuando se analiza científicamente, descubre determinadas leyes de la organización cerebral que los científicos habían ignorado hasta ahora» (219). Naturalmente, Zeki no deja de repetir que los artistas sólo son neurólogos en sentido figurado, que el arte no puede reducirse a una extensión del cerebro, que las obras tienen varias dimensiones además de la fisiológica, etc. No hay reduccionismo y sus conclusiones tampoco son deterministas, como podría temerse: «Los recuerdos no sólo se pueden reconocer sino también generar un número infinito de formas, nuevas y viejas» (109).

Visión interior desarrolla su tesis con una metodología doble: descripciones de los procesos cerebrales involucrados en la percepción visual que van acompañadas de análisis de obras de arte. Estos análisis ponen de relieve que, en los trabajos citados (todos ellos ya clásicos), las células cerebrales especializadas en reconocer formas, colores y movimiento se excitan especialmente. El libro contiene amplias explicaciones sobre el funcionamiento del área visual de la corteza cerebral, y aquí no vamos a hacer una mala síntesis de tan complejas teorías científicas. Nos limitaremos como botón de muestra a un pasaje del libro. Partiendo de la teoría científica de la modularidad del cerebro, que afirma que las células cerebrales (en este caso del área visual) se especializan para reconocer elementos simples como la orientación de una línea, un color, el movimiento de algo en una dirección determinada, etc., Zeki escribe sobre la importancia de las líneas en algunas obras abstractas: 

Este énfasis en las líneas de la mayoría de las obras abstractas y modernas no deriva, con toda probabilidad, de un conocimiento profundo de la geometría sino, simplemente, de la experimentación que llevaron a cabo los artistas para reducir el complejo de formas a sus elementos esenciales o, en términos neurológicos, para intentar encontrar qué es la esencia de la forma tal y como se representa en el cerebro (131).


La neurociencia se nos escapa, pero sí podemos hacer algunos comentarios filosóficos y estéticos. Para empezar, hay que destacar la constante recurrencia de Zeki a planteamientos idealistas muy problemáticos que además interpreta de forma muy libre. Yo no discutiría esto, ya que a los clásicos hay que utilizarlos de tal forma que nos sigan dando problemas. Al parecer Hegel es más útil que Platón para los neurocientíficos. En filosofía no sabemos muy bien qué decir del concepto en Hegel porque hemos dicho muchísimo sobre él.

Lo que sucede es que Zeki tiene mucho interés por las esencias y las cosas en sí. El cerebro opera captando regularidades en un entorno cambiante, y por lo tanto funciona buscando lo esencial de las cosas para poder reconocerlas. Como decía Platón, conocer es recordar (anámnesis), reconocer lo que el alma o en nuestro caso el cerebro ya había visto. Pero es discutible afirmar que los artistas trabajan buscando lo esencial porque el arte es, además de otras cosas, una extensión del cerebro. Por ejemplo, sobre el retrato escribe:

A pesar de los recuerdos evanescentes del aspecto de un individuo, los retratos conservan su valor en el ámbito artístico, ya que ofrecen conocimiento del tipo de persona y de sus características, y éstas no tienen por qué ser de un individuo determinado o conocido, sino que pueden ser comunes a muchos individuos con esas mismas características (188).


Siguiendo este planteamiento, una persona que por una lesión no pudiese reconocer rostros (aunque sí elementos aislados de la cara, como la nariz o los ojos) no apreciaría el valor estético de los retratos. Las imágenes interesarían no por ellas mismas sino por contener aspectos de lo eterno. Por un lado la modularidad del cerebro nos invita a trabajar con una estética del detalle, que pegue el ojo a la imagen prescindiendo del conjunto y la analice palmo a palmo. Por otro está Zeki, que busca en la imagen algo no aparece en ella (el Movimiento en sí de la página 180, el rasgo esencial de un rostro en las páginas 188-189…) porque el cerebro funciona reconociendo elementos constantes.



Junto al problema de las esencias hay otro asunto que conviene destacar. Al parecer, aún se discute en neurociencia sobre la manera en que el cerebro percibe una imagen completa. Se sabe que hay grupos de células especializadas en reaccionar ante estímulos muy específicos. En este sentido, lo que sabemos del cerebro nos invita a tirar a la papelera la noción de espectador pasivo, ya que estamos en constante actividad cuando vemos algo. Pero aún se desconoce cómo se llega a eso que, por decirlo con Kant, hemos llamado en filosofía síntesis: «Todavía estamos muy lejos de entender cómo percibe el cerebro una obra completa y todavía más aún de saber cómo le atribuye una cualidad estética» (149). ¿Hay un área maestra de la síntesis que reúna todo lo que percibimos en un conjunto? ¿Hay varias áreas maestras? El culebrón filosófico  que nos llega desde Königsberg no se ha terminado.

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