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Lo mejor es acercarse a los románticos a través de sus textos, su pintura, su música y en general todo lo que produjeron. Pero nunca está de más tener a mano un recorrido periférico que nos señale la extensión del bosque antes de perderse por sus caminos. Especialmente cuando hablamos de una época encantadora como la romántica, que se deja transitar con abrumadora libertad. El libro de Safranski es una elección prudente. Con su habitual estilo, que combina la anécdota con el análisis denso, va dando entrada a las principales dimensiones del fenómeno romántico: misterio, el lado sombrío, imaginación, naturaleza, lo infinito y lo infinito, etc. Lo más destacable de su método es el uso continuado de las fuentes, presentes prácticamente en cada página.

El libro está dividido en dos partes. La primera se ocupa del romanticismo como época histórica, comenzando por los principales precedentes (Herder, Schiller) y abordando temas a partir de autores concretos. La segunda parte es más ensayística, aunque el texto no abandona nunca el tono del ensayo. Aquí salta hacia delante en el tiempo, pasando por Wagner, Nietzsche, Rilke, Mann, el nacionalsocialismo, la Alemana de la posguerra y los movimientos del 68, entre otros. Trata de examinar en su justa medida qué faceta romántica, y cuánto de ella, hay en estos episodios.

En lugar de salpicar de citas específicas lo que queda de comentario (esa era la primera intención), van aquí algunas líneas del último párrafo del libro que contienen unas conclusiones magistralmente condensadas:

Cuando hay desazón por lo real y acostumbrado se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Lo romántico es fantástico, inventivo, metafísico, imaginario, tentador, exaltado, abismal. No está obligado al consenso, no necesita ser útil a la comunidad, y ni siquiera ser útil a la vida. Puede estar enamorado de la muerte. Lo romántico busca la intensidad hasta llegar al sufrimiento y la tragedia. Con todos esos rasgos lo romántico no es particularmente apropiado para la política. Cuando desemboca en ella, habría de tener un suplemento de realismo. La política, en efecto, debería fundarse en el principio de evitar los dolores, el sufrimiento y la crueldad. Lo romántico ama los extremos; en cambio, una política racional ama más bien el compromiso. Nosotros necesitamos ambas cosas: la aventura del Romanticismo y la sobriedad de una política adelgazada […] Aunque lo romántico forma parte de una cultura viva, una política romántica es peligrosa […] Por otra parte, no podemos perder el Romanticismo, pues la razón política y el sentido de realidad no son suficientes para vivir (352-353 de la edición de Fábula Tusquets).

Actualización: José Andrés Fernández Leost ha escrito una reseña amplia y crítica sobre este libro en el Catoblepas. Va mucho más allá de lo que comenta el texto, profundizando en el mensaje del romanticismo. Dejo el enlace.

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