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¿Leer a Cicerón hoy? ¿Sacar tiempo para hacerlo, aun sin dedicarse como especialista al estudio de los clásicos? Desde luego, ciertos pensamientos del cónsul romano se mantienen en forma, especialmente aquellos dedicados a la vida política (pública, moral, social).  Sobre los oficios tiene que interesar a cualquier cristiano. Qué menos, si Agustín vio lo fácil que lo ponía Cicerón para trasvasar las virtudes cardinales romanas (fortaleza, templanza, prudencia y justicia) a la fe cristiana. 


En cuanto a Sobre la república, además de fijar con precisión las nociones de república y pueblo, es un testimonio de la actividad y el pensamiento político clásico, previo a la elaboración de las grandes teorías del Estado moderno a partir del XVII. Rousseau y Kant lo tienen en cuenta, y también Hegel. El libro nos ha llegado en un estado lamentable, y lo que más se ha leído de él es el famoso episodio del sueño de Escipión (el destructor de Cartago y Numancia), a quien, dormido, visita su padre Escipión el viejo. El sueño es uno de los pasajes más jugosos que conservamos hoy: nos enseña los recursos que se usaban para componer la prosa filosófica en la época de la República romana, el sentido que pensaban que podía albergar un sueño, el contenido del que lo dotaban y las posibilidades de transformación que veían en aquel momento de descanso. Si Cicerón es una clave fundamental del pensamiento y la práctica política de la antigüedad, no lo es menos para la estética.

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