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Con Molloy (1951), el primer título de la trilogía que continúan Malone muere y El innombrable, Beckett (1906 – 1989) nos lega un texto construido sobre la carne humana que articula un entorno en degeneración, con un penetrante olor a decrepitud y enfermedad, y que se expone a la lectura con manifiesta dejadez y cuidado descuido (si se me permite el ripio). Un texto que irrita y que no busca hacer compañía. Está ahí, fue escrito una vez y, como nos sugiere en incontables ocasiones su lectura, podría no haberse escrito nunca, porque no tiene interés por subsistir. Si las páginas de un libro replicasen realmente la intensidad de sus lugares y de sus habitantes, Molloy se descompondría en nuestras manos.

La identidad es una de las cuestiones que de manera más llamativa se presentan a lo largo de la obra. Es más fácil tratar un concepto de identidad esencial, inmutable (por ejemplo el yo de Descartes), que abordar el tema de una identidad localizada en un cuerpo que se consume con cada espiración. Molloy hace que nos topemos con unas palabras del viejo enfermo y desagradable Molloy a propósito del sexo:

Se inclinaba por encima del diván, a causa de su reumatismo, y yo le daba por detrás. Era la única posición que podía soportar, a causa de su lumbago. A mí me parecía natural, porque se lo he visto hacer a los perros […] Yo no veía nada más que aquella nuca amarillenta y tirante a punto de romperse, que mordisqueaba de vez en cuando, tal es el poder del instinto (77-78).


Cuerpos que se muestran paradójicamente extraños cuando son lo más próximo que tenemos. Somos nosotros los que vamos al baño todos los días, no va ese cuerpo que nos ha tocado en desgracia. Beckett le enmienda la plana al Platón del Gorgias, que a su vez se remitía a los pitagóricos. Moran, el “agente” cuya “misión” era “ocuparse” de Molloy (a qué se ocupa Moran y por qué ha de ocuparse de Molloy es algo que queda sin determinar, y recuerda en cierto modo a la indeterminación del fatal proceso de Josef K. en El proceso de Kafka), escribe con insistencia a propósito de lo mismo. Su hijo no se encuentra bien:

¿Has hecho caca, hijo mío?, dije con ternura. Lo he intentado, dijo. ¿Tienes ganas?, dije. Sí, dijo. Pero no sale nada, dije. No, dijo. Alguna ventosidad, dije. Sí, dijo […] Subimos al primer piso. Le di una lavativa de agua salada. Se agitó, pero no mucho. Intenta retenerla, dije, no te quedes sentado en el bacín, acuéstate boca abajo. Estábamos en el cuarto de baño. Se tendió sobre las baldosas, con el culo al aire, Déjala que penetre bien, dije. Qué día. Contemplé las cenizas de mi cigarro. Eran azules y compactas. Me senté en el borde de la bañera. La porcelana, los espejos, el cromado, hicieron que me invadiera una gran sensación de paz. O al menos a eso se lo atribuyo (164-165).


Ni Molloy ni Moran tienen voluntad, al menos si entendemos la voluntad en un sentido fuerte, como la facultad de querer algo en base a una determinada resolución, tras una deliberación e impulsada por motivos y razones. Ambos se dejan llevar. El demente Molloy, con sus piernas estropeadas, va de acá para allá por los límites de su región sin rumbo fijo, despedazándose a cada paso. Es significativo que yazca durante un cierto tiempo en la playa, a merced del oleaje y la erosión del viento. También lo es que acumule varias piedras que se dedica a succionar. Y, aunque Moran, afincado en Shit, se ve obligado por su trabajo a abandonar su casita y su jardín, acompañado por un hijo pequeño torpe e irritante, termina quedando claro que sus desplazamientos sólo provocan el deterioro de sus facultades. Moran se mueve por un mundo cuyos horizontes (la Iglesia, la chacha, su jardín, su trabajo) están perfectamente delimitados, a diferencia del espacio en el que Molloy brota como un quiste. Sin embargo, la fragilidad del sentido de ese pequeño mundo se manifiesta cuando el dolor y la ira se apropian de él y termina renegando, viéndose abandonado por su propio hijo, sin dinero y con escasa ropa y comida.

En lo que respecta al cuerpo, me parecía que me iba volviendo rápidamente irreconocible. Y cuando me pasaba las manos por el rostro, en un gesto familiar y más excusable entonces que nunca, mis manos no tocaban ya el mismo rostro y mi rostro no tocaba ya las mismas manos Y sin embargo la sensación era en el fondo la misma que cuando iba bien afeitado y perfumado y tenía las manos blancas y suaves de un intelectual. Y aquel vientre que no reconocía seguía siendo i vientre, el de siempre, en virtud de no sé qué intuición. Y, para decirlo todo, seguía reconociéndome e incluso tenía un sentido más neto y vivo de mi identidad que antes, pese a sus lesiones íntimas y a las llagas que las cubrían. Y desde este punto de vista me hallaba en clara situación de inferioridad respecto a mis otros conocimientos. Lamento que esta frase no me haya salido mejor. Quién sabe, quizá merecía ser dicha sin ambigüedad (236).


Cuerpos que, por lo general, permanecen ocultos. En realidad, son lo primero que está ahí, pero se visten, y con el vestido se interpone un muro de misterio entre nuestra mirada y la carne palpitante:

Tuve también, bien a mi pesar, que separarme de mis calzoncillos (dos). al contacto con mis derrames se habían podrido. Entonces el fondo de mis calzones, también consumido rápidamente, me penetraba dolorosamente desde el coxis hasta el nacimiento del escroto. ¿De qué otra cosa tuve que desprenderme? ¿Mi camisa? No, aunque a menudo me la ponía al revés y con la parte delantera detrás […] ¿Pero de qué otra cosa tuve que desprenderme? De mis cuellos postizos, sí, los arrojé todos, y además antes de usarlos completamente. Pero conservé mi corbata, incluso me la ponía anudad a la piel del cuello, por fanfarronería, supongo. Era una corbata de lunares, aunque no recuerdo de qué color (236).


Estas líneas también las firma Moran, pero podría haberlas escrito Molloy, aunque seguramente con infinitud de titubeos e inservibles ambigüedades. Además de la identidad y el cuerpo, Molloy abre caminos a consideraciones de muy diversa índole: morales (¿hay que tratar a Molloy como a un ser humano?), literarias (¿puede servir la escritura como depósito de la propia identidad, y bajo qué condiciones y limitaciones?)… Pero, para abordarlas, es necesario que cada uno beba del líquido espeso y sucio de sus páginas.


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