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La derrota de pensamiento (1987) es una referencia insoslayable para todo aquel que quiera acercarse al estudio de la cultura. Cultura no deja de ser un término que empleamos coloquialmente, normalmente para referirnos a alguien que tiene mucha o carece de ella. Pero el hecho de que hablemos de la cultura no quiere decir que conozcamos las circunstancias que nos han llevado a entenderla como lo hacemos. En este breve texto, que por otra parte es ya un clásico contemporáneo (disculpad la paradoja), Finkielkraut (1949) desarrolla una argumentación capaz de generar en el lector tanto complacencia como indignación. Todo depende de la posición que se escoja. En este caso los bandos están perfectamente delimitados.

Hasta llegar a la cuarta y última parte del libro, Finkielkraut elabora una condensada historia de las ideas que arranca con la Ilustración y la respuesta nacionalista-historicista a sus ideales de emancipación del individuo. ¿Es la nación el fundamento del individuo, y éste no es más que una porción vinculada al espíritu del pueblo (Volksgeist), viviente a lo largo de los siglos en la historia, tradiciones y lengua nacionales? ¿O es más bien al revés, y son los individuos los que libremente y en virtud de su juicio deciden formar una comunidad y actualizar el pacto con cada generación? La obra está jalonada tanto por acontecimientos históricos que reproducen esta disputa filosófica (por ejemplo, la cuestión de Alsacia y Lorena surgida como consecuencia de la victoria prusiana sobre la francesa en 1870) como por distintas variaciones del tema de fondo, a saber, la relación del individuo y la cultura. Así, Finkielkraut avanza desde la disputa entre la nación-contrato y la nación-genio o espíritu del pueblo (desde finales del XVIII hasta el XIX) hasta las reacciones de las colonias a la política imperialista europea. El proceso de descolonización generó una crisis de conciencia en Europa, ya que ella había impulsado la idea de la civilización de la humanidad:

Los pensadores de la Luces, según Lévi-Strauss […] crearon el concepto de civilización. Significaba convertir su situación presente en modelo, sus hábitos concretos en aptitudes universales, sus valores en criterios absolutos de juicio […] La conquista aparecía como la forma a un tiempo más expeditiva y más generosa de hacer ingresar a los retrasados en la órbita de la civilización (58-59, la cursiva es suya).


Desde el punto de vista ilustrado, la expansión de la civilización significa valerse de la cultura, a la que se entiende como algo universal, y no como algo genuino de cada pueblo, para formar al individuo (en Alemania a este proceso de denominó Bildung, y fue el centro de numerosas reflexiones entre los siglos XVIII y XIX). Desde el punto de vista de la crítica poscolonialista, el proceso no deja de consistir en implantar las propias creencias y costumbres en otro pueblo haciéndolas pasar como la auténtica cultura universal. Al tratar de atajar tras el periodo nazi todo intento de legitimar la hegemonía de un pueblo mediante la superioridad biológica de la raza, mediante la cultura, etc., se llegó a un escenario en el que se alcanzó igual dignidad para todas las comunidades. Mirando a la Unesco, Finkielkraut observa que esta situación posibilita el regreso de la idea de que el individuo se convierte, como con el espíritu del pueblo, en un habitante de su cultura, determinado por ella y sin margen para la autonomía:

Los fundadores de la Unesco habían querido crear, a escala mundial, un instrumento para transmitir la cultura a la mayoría de los hombres […] Siguen invocando con énfasis la cultura y la educación, pero sustituyen la cultura como tarea (como Bildung) por la cultura como origen, e invierten la trayectoria de la educación: allí donde estaba el «Yo», debe entrar el «nosotros» (86).


A continuación señala las consecuencias en el ámbito de la comunicación. Desde este punto de vista,

Un periodista occidental es un occidental antes de ser un individuo. Su procedencia modela sus opiniones. Por más que quiera vaciarse y abrirse sin apriorismos al mundo exterior, su mirada está orientada, su cultura jamás se aleja de él: lo acompaña por doquier que vaya (87).


Con estos precedentes, Finkielkraut articula su crítica de la sociedad desarrollada contemporánea. El autor se lamenta de algo que puede interpretarse como consecuencia del escenario de igual dignidad y convivencia de las culturas: la pérdida de la jerarquía entre las obras y los productos,es decir, entre la obra que trae detrás pensamiento y reflexión y lo que es un producto edulcorado de la industria cultural (término muy sugerente). Las causas son dos. Por un lado, está el planteamiento de la filosofía posmoderna. Al retratar al individuo posmoderno, Finkielkraut retrata su propia posición:

El actor social posmoderno aplica en su vida los principios a los que los arquitectos y los pintores del mismo nombre se refieren en su trabajo: al igual que ellos, sustituye los antiguos exclusivismos por el eclecticismo; negándose a la brutalidad de la alternativa entre academicismo e innovación, mezcla soberanamente los estilos […] Lo que aprecian no son las culturas como tales sino su versión edulcorada, la parte de ellas que pueden probar, saborear y arrojar después del uso (115).


El segundo motivo para que se hayan borrado las diferencias entre «alta» y «baja» cultura, o bien entre «cultura» y «diversión», sería el predominio de la razón instrumental, cuya lógica es la de la utilidad calculadora e irreflexiva. Citando a Heidegger (La superación de la metafísica), Finkielkraut escribe:

La razón instrumental, o, para emplear las palabras de Heidegger, «el pensamiento calculador» es lo que ha hecho entrar al pensamiento reflexivo (lo que denominamos aquí cultura) en la esfera de la diversión: [Heidegger:] «La técnica como forma suprema de la conciencia racional […] y la ausencia de reflexión como incapacidad organizada, impenetrable para acceder por sí misma a una relación con “lo que se merece que se interrogue”, son solidarias entre sí: “son una sola y misma cosa”» (124).


La conclusión es clara. Es necesario reemprender la misión de las Luces, que nunca continúa, y servirse de la cultura para la formación del individuo. La sociedad contemporánea occidental es marcadamente individualista, pero se ha olvidado de la importancia de la cultura para la liberación del sujeto:

Para el individuo, el hecho de romper los vínculos que le ligaban a las antiguas estructuras comunitarias y de entregarse sin trabas a sus asuntos, no le hace ipso facto idóneo para orientarse por el mundo […] sigue haciendo falta lo que en el siglo XVIII se denominaba las Luces (127).


Aunque es cierto que es un tremendo error abdicar de la capacidad de discernir, dentro de la inmensidad de posibilidades de formación que se ponen a nuestro alcance, lo que es ganga de lo que es mena, Finkielkraut no parece capaz de salir de las estructuras canónicas heredadas. Su crítica reproduce la jerarquía de un modelo de cultura previo a la transformación social y cultural que han supuesto las nuevas tecnologías. Pero tan miope es equiparar un par de botas a Shakespeare como negar capacidad formativa o presencia de reflexión a un videojuego respecto de una pintura, por ejemplo. Finkielkraut no termina de dejar claro si su alegato en defensa de una cultura basada en la elaboración detenida, metódica y reflexiva cierra la puerta a las nuevas obras o permite su entrada.

Siguen haciendo falta Luces, ¿pero qué claridad demandamos hoy? ¿Se trata de la misma luz del XVIII? La coyuntura del individuo actual es considerablemente diferente de la que se daba hace más de 3 siglos, y las condiciones para su formación son distintas. Escribo desde un ordenador y estoy en permanente relación con un medio, internet, que ha generado la exigencia de ampliar dicha formación a la preparación para nuevos modos de comunicación y creación. Además de un sentido de la palabra (que Finkielkraut parece identificar con ideal tradicional de realización del individuo), es necesario poseer un sentido del medio.




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